atestiguan la existencia de una vertiente mexicana. Incluso, en las últimas tres décadas este
corpus gótico mexicano se ha venido engrosando de una forma constante. La coyuntura
sociopolítica del país, donde se multiplican las desapariciones, los asesinatos y los feminicidios,
es un terreno de cultivo propicio para producciones culturales que ponen en escena fantasmas,
espectros, zombis y otras figuras monstruosas, metáforas de víctimas y victimarios y de seres
que oscilan entre la vida y la muerte.
Desde siempre, en la ficción gótica, estos monstruos suscitan miedo y el género se distingue
en primer lugar por su “calidad termométrica” (Edith Warton en Cox y Gilbert 2008: 12), por
los estremecimientos y los escalofríos que genera, tanto en sus víctimas como en los lectores.
En la ficción mexicana contemporánea este terror toma algunas formas recurrentes, lo cual no
deja de ser lógico. En efecto, aunque los miedos góticos se relacionan con experiencias
individuales, también suelen tener una dimensión social importante que hace que sus causas
evolucionen a lo largo del tiempo y del espacio. Esto implica que, en las películas, novelas y
cuentos góticos, las tramas persecutorias y la voluntad de producir temor o malestar en el lector
se pongan en relación con los temores colectivos más apremiantes de la actualidad del
momento. Si bien el género sigue reconociéndose gracias a la voluntad de sus autores de
provocar terror o zozobra en sus lectores, la naturaleza de los miedos invocados cambia según
los contextos y las coyunturas.
Después de que Carlos Fuentes publicara Aura (1962) y otros relatos que aluden a los
grandes clásicos góticos y que, al mismo tiempo, someten sus tropos y sus personajes a un
proceso de transculturación en función de una tradición vernácula, varios autores y, sobre todo,
autoras, de generaciones posteriores han bebido de fuentes góticas. La obra de Guadalupe Nettel
es un claro ejemplo al respecto (Licata, Hadatty Mora y Vanden Berghe 2023). La narradora
autoficcional de El cuerpo en que nací habla de su preferencia por la cuentística gótica. Aunque
no use la palabra, la combinación de fantástico y terror la sugiere: “Mi género preferido seguía
siendo el cuento fantástico con inclinaciones al gore y al terror” (2011: 40). Se entusiasma
particularmente con las Historias extraordinarias de Poe (94, 193) y con El retrato de Dorian
Gray, de Wilde (145), dos textos importantes del repertorio gótico. Nettel dista de ser la única
heredera de tal tradición: en las obras de Amparo Dávila, Luis Mario Schneider, Homero
Aridjis, Carmen Boullosa, Cristina Rivera Garza, Daniela Tarazona, Luis Jorge Boone y Silvia
Moreno-García, entre otras, también hay reminiscencias de lo gótico. Las encontramos, por
ejemplo, en las manías y tendencias compulsivas de ciertos personajes, en sus estados
psicológicos que remiten a la paranoia y a la persecución, en la extravagancia de las tramas y
en la parafernalia y las atmósferas inquietantes típicas del género.