
LUVINA 112 ❘ OTOÑO ❘ PÁRAMO 189
caerán en las redes del
poema en prosa.
Especialmente en la
tradición francesa y en la
de lengua española, este
molde verbal se multiplicó
con estilos y apropiaciones
tan diferentes. Podría ser
al mismo tiempo un espíritu
rabioso arruinando un
festín, la contemplación
de los misterios de la
naturaleza o la fascinación
de un lago congelado, es
decir, Una temporada en el
infierno y Las iluminaciones
de Arthur Rimbaud, la
Historia natural de Jules
Renard o cierta prosa
metafísica de Stéphane
Mallarmé. Los modernistas
hispanoamericanos fueron
entusiastas del poema
en prosa, Rubén Darío lo
puso a su servicio en varias
páginas de Azul, ejemplo que
replicarían poco después
Leopoldo Lugones, Julio
Herrera y Reissig, Juan
Ramón Jiménez… Entre los
llamados posmodernistas, en
El minutero de Ramón López
Velarde, El cielo de esmalte
de José Antonio Ramos Sucre
y La casa de cartón de Martín
Adán coinciden la poesía y la
prosa al volverse, a un mismo
tiempo, pleamar y bajamar
del placer y de la angustia de
la vida.
Con un humor que le viene
de Heine, pero también de
Chesterton y France, el libro
Ensayos y poemas (1917) de
Julio Torri marcaría un antes
y después en la literatura
mexicana. La concreción
verbal, la agudeza prodigiosa
y la ironía de varias bandas,
reconocibles en la poética de
Torri, forjarían hasta cierto
punto una escuela libre de
varia invención. Algunas
enseñanzas y complicidades
es posible ubicarlas en
ciertas piezas de Juan José
Arreola, Augusto Monterroso,
Salvador Elizondo, incluso en
un poeta de una generación
más reciente, Luis Ignacio
Helguera, autor de un libro
esencial para entender, a
campo traviesa, el paisaje
múltiple y cambiante del
género: Antología del poema
en prosa en México (1993).
No sólo los contemporáneos
de Julio Torri, tras la
publicación de Ensayos y
poemas, se preguntaron al
leer y releer las mordaces y
exquisitas prosas de su debut
literario, ¿cuáles piezas del
libro son poemas y cuáles
son ensayos? Medio siglo
después, en las lecturas,
discusiones y acuerdos
previos a la aparición de
Poesía y movimiento (1966),
Octavio Paz, Alí Chumacero,
José Emilio Pacheco y
Homero Aridjis volvieron a
discutir el asunto —para unos
cuantos, bizantino— sobre
la naturaleza y el talante
líricos y ensayísticos de los
textos del ateneísta. En
esa ocasión, el saltillense
pasó la prueba y compartió
páginas con Alfonso Reyes,
Ramón López Velarde y otros
más de su camada. Con la
misma licencia y perspectiva
críticas, los cuatro antólogos
abrieron también las puertas
del Parnaso mexicano a
Juan José Arreola, poeta
especialmente en la prosa
aunque también practicó el
verso siendo un sonetista
aplicado y correcto.
Por supuesto, los puristas
atacaron tales inclusiones
legando conceptos de
métrica, tradición poética,
retóricas de cuño modernista
y demás preceptivas de
épocas doradas. Con
sus gargantas roncas de
solemnidad y grandilocuencia
posiblemente dijeron: «¿Dos
polizones de la narrativa
a bordo del barco ebrio de
la poesía? ¡No volverán
a pasar!». Después se
olvidó tal «osadía» en los
siguientes florilegios, cada
vez más convencionales, y
Torri y Arreola volvieron al
redil del ensayo y del cuento.
No sé si en las librerías de la
época, la llegada de Ensayos
y poemas de Julio Torri a
sus estantes provocó en
los empleados dudas sobre
en cuál sección colocar los
ejemplares de esta obra tan
particular. O quizá no hubo
tal dilema, y la mitad de
los libros entregados para
la venta se colocaron en la
sección de ensayo y la otra
mitad en poesía, dejando al
lector la responsabilidad del
supuesto veredicto ❘