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Alone
La
Voluntad
"Com
o
la
mujer
,
la
palab
ra
es
a
menudo
«una
caj
ila
llen
a
de
Fenómenos
»
...
”
E
x.
LAMADO
por
la
benevolenci
a
de
una
dama
¡lust
re
a
de
Lite
rat
ura
ante
un
auditor
io
compuest
o
de
persona
s
escogid
as.
IÍÍ
w
'V^
to
!
rec
uerdo
que
una
tar
de
se
tocó
el
tema
de
la
voluntad
y
algui
en
5Í
dij
o
una
ser
ie
de
palabr
as
acerca
de
esta
«fac
ultad
del
alm
a»
.
Más
que
clase
s
o
confer
encia
s,
eran
aquéllas
convers
aci
ones
de
índole
in
tele
ctual
,
y
no
creí
falt
ar
a
mi
program
a
provocando
una
liger
a
digr
esión
para
defi
nir
clar
ament
e
la
idea
de
voluntad.
E
n
varias
ocas
iones
había
intent
ado
ob
tene
r
fór
mul
as
exac
tas
de
algunas
afi
rma
ci
ones
cor
ri
ent
es
y
casi
sie
mpr
e
me
ha
bía
sorpr
endido
la
vaguedad
de
las
cont
est
aci
ones.
Un
día
se
habla
de
la
ima
ginación.
Pregunto:
—
¿Qué
es
la
imaginac
ión?
Nadi
e
lo
sabe.
¿Y
el
cri
ter
io?
¿Y
la
inteli
gencia
?
Sil
enci
o.
Sin
emba
rgo,
esos
tér
minos
se
usan
y
mane
jan
a
cada
inst
ante
,
inte
rvi
enen
en
todas
las
disc
usione
s,
pasan
dela
nte
de
nuestra
vist
a
con
la
fre
cuenci
a
de
las
pers
onas
fami
liares.
.
.
cuya
natura
leza
íntim
a,
tam
bién
¡t
antas
veces!
permanece
mist
er
iosa
para
nosot
ros
.
E
se
día
le
tocó
su
turno
a
la
voluntad.
Se
tra
tab
a
de
los
dra
mas
de
Cor-
neil
le.
Sus
héroe
s,
al
deci
r
de
los
crí
ti
cos,
se
caract
eriz
an
por
la
ener
gía
de
la
voluntad,
por
la
volun
tad
fér
rea,
magníf
ica,
triunf
ante.
Bien
.
Per
o
¿qué
es
la
volunta
d?
A
ver,
Ud.
.
.
.
—
La
voluntad.
.
.
es
la
fac
ulta
d
de
reso
lver
se
en
tal
o
cual
sentid
o,
de
ir
dar
un
curso
en
tal
o
cual
direc
ción,
es
una
de
las
potencia
s
del
espír
itu.
E
n
realida
d,
no
había
objec
ión
seri
a
cont
ra
ésta
s
y
otra
s
defi
nicio
nes:
pero
me
dejaban
un
vacío
,
porque
tra
s
ella
s
no
veía
un
pensa
mie
nto
persona
l,
sino
la
repe
tic
ión
de
fras
es
comun
es.
¿Cómo
funciona
la
volunt
ad?
¿De
dónde
viene?
¿E
n
qué
consi
ste
?
Yo
no
quer
ía
regl
as
de
Manual
Psic
ológic
o,
ni
eco
de
aje
nas
enseñanz
as,
si
no
algo
persona
l,
algo
que
se
hubie
ra
pensado
luz
del
sent
ido
común
y
la
obser
vaci
ón
dire
cta,
es
decir,
alca
nzar.
la
sola
con
algo
rar
o
y
difíci
l
de
La
Vol
untad
37
—
Pues
bien
—
Ies
dije
—
yo
tengo
una
idea
de
la
volunt
ad
y
quier
o
expo
nérsel
as
a
Uds.
No
prete
ndo
que
sea
una
defi
nici
ón
inata
cabl
e;
no
hay
defini
cione
s
inat
acab
les
.
E
s
lo
que
se
me
ha
ocur
rid
o
a
mí
medi
ante
la
simple
in
tros
pección,
mir
ándome
act
uar,
toca
ndo
con
el
dedo
los
res
orte
s
de
mis
actos.
¿Quier
e
Ud.,
señora,
hacer
tr
aer
una
pizarra
a
la
sala
?
Yo
no
puedo
pensa
r
sin
imáge
nes,
porque
no
soy
fil
ósofo
y
mi
capac
idad
de
abstr
acci
ón
tiene
lími
tes
muy
reduc
idos.
Quier
o
dibujar
les
con
tiz
a
la
voluntad.
.
.
Hubo
un
movim
iento
cur
ioso
en
el
red
ucido
audit
orio.
Las
señor
as
habla
ron,
sonrie
ron,
y
cuan
do
el
mozo
entró
con
el
gran
pizar
rón
negro,
todas
se
agrupar
on
en
un
extre
mo
y
algunas
requi
rie
ron
sus
lentes
con
la
ate
nción
del
que
va
a
presenci
ar
una
oper
aci
ón
de
magi
a
y
no
desea
perder
un
Insta
lado
el
art
efa
cto
al
fond
o
de
la
sal
a,
tra
cé
al
cent
ro
de
él
un
círcu
lo
det
al
le
.
y
dije:
—
E
sta
es
una
pers
ona.
Inmediat
amente
sentí
que
la
simpl
e
raya
circul
ar
tomaba
exis
tenc
ia.
Agre
gué;
—
La
persona
lidad
humana
,
como
los
ast
ros,
está
movid
a
por
atr
acc
iones
y
repu
lsion
es,
fuerz
as
que
la
soli
cit
an
en
todos
senti
dos
y,
componié
ndose
entr
e
ella
s,
le
imp
ri
men
su
rumbo
y
le
dan
su
órbi
ta
por
el
espacio.
E
n
los
astr
os
y
los
plan
eta
s
resu
lta
fác
il
observarlo,
porque
esas
fuer
zas
,
apar
ente
ment
e
al
me
nos,
son
simpl
es
y
se
reducen
a
dos:
la
centr
ípet
a
y
la
centrí
fuga.
Y
de
su
equilibr
io
resul
ta
la
arm
onía
de
las
esf
era
s
y
el
sistem
a
del
univer
so.
E
n
la
per
sonal
idad
humana
,
en
este
com
puest
o
de
sensaci
ones,
emoc
iones
,
pasiones
y
pensa
mien
tos,
actúa
n
mile
s
y
mil
lone
s
de
fuerz
as
y
est
as
fuer
zas
varía
n
a
cada
inst
ante
al
inf
lujo
de
los
acci
dente
s
exte
rior
es,
por
los
hechos,
por
la
tem
perat
ura,
por
un
rec
uerdo
,
por
un
temo
r,
por
una
esperanza,
por
las
mile
s
de
visione
s
que
cruzan
y,
apena
s
percept
ibles,
tuer
cen
sin
emba
rgo
nuest
ro
paso
y
pueden
vari
ar
compl
etam
ente
nuestro
rum
bo.
Pero
el
art
e
de
pensar
es
el
art
e
de
simpl
if
icar
y
to
das
esas
fuer
zas
podemos
reduci
rla
s
a
las
mis
mas
que
mueven
el
sist
ema
plan
eta
rio,
atrac
ción,
repuls
ión,
y
para
entr
ar
en
un
orde
n
de
ideas
bien
acc
esibl
e,
las
limi
tare
mos
más
aun
y
dire
mos
que
son
atr
acc
iones
al
bien
y
atr
acc
iones
al
mal,
impu
lsos
buenos,
impulsos
mal
os,
cada
uno
con
su
intens
idad
respec
tiva
.
Desdeñemos
,
pues
los
acce
sori
os
y,
proc
edie
ndo
como
los
mate
máti
cos,
mat
eri
ali
cemos
en
lí
neas
toda
la
complej
idad
de
los
odios
y
los
afe
ctos,
de
los
buenos
y
los
malo
s
senti
mient
os.
Volvié
ndome
haci
a
la
pizar
ra,
tra
cé
dos
rayi
tas
igua
les
,
una
haci
a
arr
iba,
otra
hacia
abajo.
Y
conti
nué:
—
E
ste
cír
culo,
que
es
una
persona,
está
enam
ora
do
y
ha
sufr
ido
una
tr
aic
ión.
Quier
e
matar.
La
líne
a
infer
ior
repr
esenta
el
dolor
de
la
heri
da
mora
l,
el
instinto
de
vengan
za,
la
ira
impla
cable
,
el
temb
lor
de
la
mano
que
re
quier
e
el
arma
,
que
sie
nte
la
necesi
dad
espant
osa
de
dispa
rar
,
de
matar,
de
aniq
uil
ar.
Tie
ne
diez
centí
met
ros.
La
líne
a
super
ior
repr
esent
a
todo
lo
contra
rio,
el
mie
do
al
cast
igo.
la
pie
dad
hacia
la
víct
ima
,
el
atr
act
ivo
del
perdón,
res
tos
de
cari
ño
invenc
ible,
es
decir,
cuan
to
se
38
A
tenca
opone
a
la
res
olución
del
cr
imen.
.
.
Tambi
én
tie
ne
diez
centí
met
ros.
Ahora
bien,
díganme
Uds.,
un
ser
humano
en
est
a
sit
uació
n
¿qué
hará?
E
n
la
sala
se
habr
ía
oido
volar
una
mosca.
—
No
piense
n
tant
o,
hablen
,
digan.
Hagan
cuenta
de
que
no
se
trat
a
de
un
alm
a,
de
un
corazón,
de
una
enti
dad
humana,
sino
de
un
pedazo
de
mat
eri
a
cualqui
era.
¿No
rec
uerd
an
las
leyes
de
la
mec
ánic
a
eleme
ntal
?
‘
Dos
fuer
zas
iguale
s
y
cont
rar
ias
se
destr
uyen»
.
Pues
bien,
aquí
tenem
os
dos
fuer
zas
iguales
y
contra
ria
s,
perfe
cta
mente
igual
es
y
perfect
amente
contr
ari
as.
¿Qué
har
á
el
hombre
somet
ido
a
ell
as?
¿Uds.
no
lo
sabe
n?
Yo
cre
o
que
no
hará
nada.
.
.
Me
pare
ce
de
sent
ido
común.
Si
al
mism
o
tiem
po,
con
la
mis
ma
intensi
dad,
quiere
y
teme
,
la
lucha
enta
blada
entr
e
el
tem
er
y
el
querer
tendrá
por
resu
lta
do
cero.
.
.
¿Por
qué
se
detie
nen
Uds.
ante
la
conclusi
ón?
¿Qué
le
encuentr
an
a
la
fórm
ula?
Voy
a
hacer
la
más
clar
a.
Y
ala
rgué
la
raya
de
arr
iba
cinco
centím
etros.
—
Vean
Uds.
ahora.
E
l
amor
,
la
benigni
dad,
el
te
mor
al
casti
go,
todo
lo
que
dete
nía
el
bra
zo
arm
ado
cre
cen.
Hubo
un
consej
o
oport
uno,
una
impr
esión
favor
a
ble.
sobrevi
nier
on
rec
uerdos
de
anti
gua
educa
ción,
propósitos
gener
osos
de
la
ju
ventud,
leja
nos
impulsos
atávic
os,
todas
esas
corr
ientes
invisibles
que
cruzan
por
nuestr
o
fondo
sub-co
nscien
te
y
la
raya
super
ior
se
alar
gó
cinco
centím
etr
os,
se
hizo
la
mitad
más
fuer
te
que
la
raya
infer
ior.
¿Comp
re
nden
Uds.
el
res
ultado?
¿Se
dan
cuen
ta,
ahora
,
de
lo
que
hará
el
individuo
y
ven
cae
r
el
brazo
vengador
y
despr
en
derse
el
arm
a
de
la
mano
empuñada?
Deja
ndo
a
un
lado
la
ti
za
y
limpi
ándome
de
los
dedos
el
li
gero
polvil
lo
blanco
.
term
iné:
—Pues
bien,
señor
as,
esos
cinco
centí
met
ros
en
que
una
fuerz
a
excede
a
otra
y
la
vence,
eso,
prec
isa
mente
,
es
par
a
mi
la
voluntad.
.
.
—
Ahí
no!
—
dijo
una.
.
.
E
inmedi
ata
mente
se
leva
ntó
un
clam
oreo
de
prote
sta:
—
No,
no.
eso
no.
.
.
—
E
so
es
dem
asia
do
mat
eri
al:
en
las
cosa
s
suced
erá
así,
pero
nó
en
las
perso
nas.
¿Dónde
queda
el
li
bre
albed
río?
Una
dama
algo
más
ent
rada
en
años
que
las
otras
,
teos
ofi
sta
de
profes
ión,
hija
de
un
prohombre
y
vari
as
vece
s
mil
lona
ri
a,
excla
mó
desdeñosament
e:
—
¡E
s
o
no
es
fil
osofí
a!
—
¿Y
por
qué
cre
e
Ud.
que
no
es
fi
losofí
a?
—
Porque.
.
.
es
dem
asia
do
claro.
La
disti
nguida
señora
o.
para
ser
más
exacto,
la
res
pet
abl
e
señor
ita
,
tenía
cos
tumbre
de
leer
con
el
nombr
e
de
libros
fil
osófi
cos
volúm
enes
que
no
ente
ndía
y
se
había
forma
do
el
concepto
de
que
la
sabi
durí
a
era
algo
fuera
de
su
alc
anc
e;
en
lo
cual,
por
lo
demá
s,
bien
podía
no
estar
equivoca
da.
Continué,
sin
embar
go,
deseoso
de
prec
isi
ón:
—
Uds.
pueden
apli
car
esta
defi
nici
ón
en
la
prá
ctic
a
y
estoy
segur
o
de
que
si
poco
el
análisi
s
comprobar
án
a
cada
paso
su
exact
itud,
aun
cuando
los
afinan
un
fenóm
enos
de
la
volunt
ad
son
los
más
compl
ejos
y
sutile
s
del
sistem
a
psíquico.
Y
goce
espec
ial
—
cuán
err
a
ver
án,
al
mis
mo
tie
mpo
—
lo
que
no
deja
de
constitu
ir
un
Lo
Voluntad
39
dos
son
los
conceptos
corr
ient
es
en
esta
mate
ria
.
Se
cree,
por
ejem
plo,
que
una
persona
equil
ibra
da
es
una
pers
ona
de
volunt
ad
fir
me
y
constante
,
una
pers
ona
que
nunca
vaci
la
antes
de
tom
ar
una
determ
inación.
Todo
lo
contra
rio:
el
que
duda,
el
que
tit
ubea,
el
que
jamá
s
se
resue
lve
defi
nitiv
ame
nte,
sino
que
torna
y
retor
na
a
pen
sar
cie
n
vece
s,
el
que
va
hoy
en
tal
sentid
o,
maña
na
en
tal
otro
y
pasado
mañana
en
uno
divers
o,
ése
es
quien
tien
e
sus
fuer
zas
inte
rior
es,
sus
atra
ccione
s
y
repul
sio
nes
en
esta
do
de
equi
lib
ri
o
inestabl
e.
Cualqui
er
impr
esió
n
lo
rompe
y
hace
vari
ar
la
dire
cci
ón.
E
n
cambi
o,
los
enér
gicos
,
los
tena
ces,
los
per
seve
ran
tes
,
los
que
todo
lo
vencen
con
inque
bran
tabl
e
decisi
ón,
deben
contar
se
en
el
número
de
los
desequ
i
libra
dos,
contr
a
cuya
potenci
a
de
volunta
d
nada
pueden
los
motivos
exter
iore
s.
La
raya
domin
ante
supera
cien
veces
a
la
raya
menor
y
se
nece
sita
ría
una
espe
cie
de
aniqui
lam
ient
o
de
su
persona
lidad
para
cam
biar
les
la
dire
cti
va.
E
n
el
hecho
¿no
tiene
n
paren
tesc
o
cerc
ano
los
inventores
,
los
empr
esar
ios
genial
es,
los
manej
adore
s
de
hombre
s
y
de
pueblos
,
ti
rani
zados
por
una
vocaci
ón,
y
los
locos
poseí
dos
de
una
idea
fija?
E
l
mecani
smo
es
igual:
sólo
existe
dife
renc
ia
en
que
mientr
as
unos
están
de
acuer
do
con
el
ambi
ente
los
otros
están
en
desac
uerdo,
mientr
as
los
pri
mer
os
trabaj
an
sobre
rea
lidade
s,
los
segundos
traba
jan
o
cree
n
tra
bajar
sobre
ref
lej
os
ilusor
ios.
Unos
acier
tan,
otros
se
equivocan.
Otro
eje
mplo.
Las
palabra
s,
si
se
exa
min
an
con
atenc
ión
y
no
se
re
pite
n
maquinal
mente,
enci
err
an
a
menudo
el
secr
eto
de
los
procesos
intelec
tuales
y
sent
im
enta
les
.
Uds.
habr
án
oído
a
menudo
apli
car
los
calif
icativ
os
de
porfia
do
y
enér
gico.
Se
dice
:
—
Fulano
es
un
porfi
ado
insopor
table
,
—
en
son
de
amar
ga
crí
tic
a.
Y:
—
Fulano
es
un
hombre
de
gran
voluntad—
como
la
mayor
de
las
alaba
nzas.
—
¿Cuál
es
la
difer
encia
verdade
ra
entr
e
esos
dos
tér
minos?
E
n
el
fondo,
ninguno
.
Son
los
resul
tados
o.
mejo
r,
su
choque,
con
nuestr
o
modo
de
apreci
ar
el
mundo
lo
que
los
apart
a.
Lla
mamos
porfi
ado
al
que
tiene
voluntad
enérg
ica
en
cont
ra
de
nuestr
a
opini
ón
y
enér
gico
al
porfia
do
que
está
de
acue
rdo
con
lo
que
nosotr
os
pensa
mos:
creem
os
que
unos
yer
ra
n
y
otros
se
equivo
can.
Y
no
hay
más.
Igual
ment
e
concebimos
como
indi
viduos
débil
es
de
volunt
ad
a
los
viciosos
y
cri
minal
es
y
como
hombre
s
de
volunt
ad
fuer
te
a
los
virtuosos
y
he
roic
os.
E
rr
or.
Para
comet
er
un
delit
o
puede
neces
itar
se
la
mism
a
suma
de
voluntad
que
para
dejar
de
comete
rlo
o
para
rea
liz
ar
una
acció
n
herm
osa.
Pero
nosot
ros
,
por
falt
a
de
anál
isi
s,
tende
mos
a
conf
undir
las
palabr
as
y
como
es
más
fác
il
ir
por
el
mal
cam
ino
que
por
el
bueno,
hemos
ident
ific
ado
la
debili
dad
voluntar
ia
con
la
mal
dad
y
la
ener
gía
con
el
bien.
E
s
un
rec
onocimie
nto
impl
íci
to
de
la
corr
upción
de
la
natural
eza
humana.
Ant
e
las
mir
adas
vacías
o
absorta
s
del
audit
orio,
guardé
sile
ncio
un
instante
.
Todo
el
que
habla
en
públi
co
sie
nte
lo
que
el
público
piens
a;
oye
pregunta
s
inaudi
bles
y
necesi
ta
cont
est
arl
as.
Aquell
as
señor
as
silenc
iosas
me
int
err
ogaba
n
muda
ment
e
sobre
la
uti
li
dad
de
esas
defini
ciones
que
tras
torna
ban
sus
ideas
corri
entes.
Termi
né:
—
Ignoro
si
todo
esto
ser
virá
para
algo;
yo
lo
digo,
porque
me
causa
place
r
pensar
o
creer
que
pienso
con
exactitu
d,
tocando
hechos,
moviendo
resor
tes
efec
ti
vos
y
se
me
figur
a
que
tal
vez,
alguie
n,
en
alguna
cir
cunst
anci
a,
podrá
saca
r
Atenea
40
ded
uccio
nes
práctic
as
y
acaso
no
del
todo
inútile
s
de
este
sistema.
E
n
todo
caso
constituy
e
una
exce
lente
higiene
del
cer
ebro
y
se
la
reco
miendo.
E
mpl
eamos
demasiadas
veces
las
palabras
como
cajas
cerradas
cuyo
contenido
se
ignor
a.
E
s
preciso
sentir
de
cuando
en
cuando
la
curi
osidad
de
abrirlas
para
observar
«lo
que
tienen
adent
ro»
,
como
hace
n
los
niños
con
los
juguetes
...
Y
no
otra
cosa
he
queri
do
hacer
esta
vez,
delante
de
Uds.
ALON
E
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La
Voluntad
"Com
o
la
mujer
,
la
palab
ra
es
a
menudo
«una
caj
ila
llen
a
de
Fenómenos
»
...
”
E
x.
LAMADO
por
la
benevolenci
a
de
una
dama
¡lust
re
a
de
Lite
rat
ura
ante
un
auditor
io
compuest
o
de
persona
s
escogid
as.
IÍÍ
w
'V^
to
!
rec
uerdo
que
una
tar
de
se
tocó
el
tema
de
la
voluntad
y
algui
en
5Í
dij
o
una
ser
ie
de
palabr
as
acerca
de
esta
«fac
ultad
del
alm
a»
.
Más
que
clase
s
o
confer
encia
s,
eran
aquéllas
convers
aci
ones
de
índole
in
tele
ctual
,
y
no
creí
falt
ar
a
mi
program
a
provocando
una
liger
a
digr
esión
para
defi
nir
clar
ament
e
la
idea
de
voluntad.
E
n
varias
ocas
iones
había
intent
ado
ob
tene
r
fór
mul
as
exac
tas
de
algunas
afi
rma
ci
ones
cor
ri
ent
es
y
casi
sie
mpr
e
me
ha
bía
sorpr
endido
la
vaguedad
de
las
cont
est
aci
ones.
Un
día
se
habla
de
la
ima
ginación.
Pregunto:
—
¿Qué
es
la
imaginac
ión?
Nadi
e
lo
sabe.
¿Y
el
cri
ter
io?
¿Y
la
inteli
gencia
?
Sil
enci
o.
Sin
emba
rgo,
esos
tér
minos
se
usan
y
mane
jan
a
cada
inst
ante
,
inte
rvi
enen
en
todas
las
disc
usione
s,
pasan
dela
nte
de
nuestra
vist
a
con
la
fre
cuenci
a
de
las
pers
onas
fami
liares.
.
.
cuya
natura
leza
íntim
a,
tam
bién
¡t
antas
veces!
permanece
mist
er
iosa
para
nosot
ros
.
E
se
día
le
tocó
su
turno
a
la
voluntad.
Se
tra
tab
a
de
los
dra
mas
de
Cor-
neil
le.
Sus
héroe
s,
al
deci
r
de
los
crí
ti
cos,
se
caract
eriz
an
por
la
ener
gía
de
la
voluntad,
por
la
volun
tad
fér
rea,
magníf
ica,
triunf
ante.
Bien
.
Per
o
¿qué
es
la
volunta
d?
A
ver,
Ud.
.
.
.
—
La
voluntad.
.
.
es
la
fac
ulta
d
de
reso
lver
se
en
tal
o
cual
sentid
o,
de
ir
dar
un
curso
en
tal
o
cual
direc
ción,
es
una
de
las
potencia
s
del
espír
itu.
E
n
realida
d,
no
había
objec
ión
seri
a
cont
ra
ésta
s
y
otra
s
defi
nicio
nes:
pero
me
dejaban
un
vacío
,
porque
tra
s
ella
s
no
veía
un
pensa
mie
nto
persona
l,
sino
la
repe
tic
ión
de
fras
es
comun
es.
¿Cómo
funciona
la
volunt
ad?
¿De
dónde
viene?
¿E
n
qué
consi
ste
?
Yo
no
quer
ía
regl
as
de
Manual
Psic
ológic
o,
ni
eco
de
aje
nas
enseñanz
as,
si
no
algo
persona
l,
algo
que
se
hubie
ra
pensado
luz
del
sent
ido
común
y
la
obser
vaci
ón
dire
cta,
es
decir,
alca
nzar.
la
sola
con
algo
rar
o
y
difíci
l
de
La
Vol
untad
37
—
Pues
bien
—
Ies
dije
—
yo
tengo
una
idea
de
la
volunt
ad
y
quier
o
expo
nérsel
as
a
Uds.
No
prete
ndo
que
sea
una
defi
nici
ón
inata
cabl
e;
no
hay
defini
cione
s
inat
acab
les
.
E
s
lo
que
se
me
ha
ocur
rid
o
a
mí
medi
ante
la
simple
in
tros
pección,
mir
ándome
act
uar,
toca
ndo
con
el
dedo
los
res
orte
s
de
mis
actos.
¿Quier
e
Ud.,
señora,
hacer
tr
aer
una
pizarra
a
la
sala
?
Yo
no
puedo
pensa
r
sin
imáge
nes,
porque
no
soy
fil
ósofo
y
mi
capac
idad
de
abstr
acci
ón
tiene
lími
tes
muy
reduc
idos.
Quier
o
dibujar
les
con
tiz
a
la
voluntad.
.
.
Hubo
un
movim
iento
cur
ioso
en
el
red
ucido
audit
orio.
Las
señor
as
habla
ron,
sonrie
ron,
y
cuan
do
el
mozo
entró
con
el
gran
pizar
rón
negro,
todas
se
agrupar
on
en
un
extre
mo
y
algunas
requi
rie
ron
sus
lentes
con
la
ate
nción
del
que
va
a
presenci
ar
una
oper
aci
ón
de
magi
a
y
no
desea
perder
un
Insta
lado
el
art
efa
cto
al
fond
o
de
la
sal
a,
tra
cé
al
cent
ro
de
él
un
círcu
lo
det
al
le
.
y
dije:
—
E
sta
es
una
pers
ona.
Inmediat
amente
sentí
que
la
simpl
e
raya
circul
ar
tomaba
exis
tenc
ia.
Agre
gué;
—
La
persona
lidad
humana
,
como
los
ast
ros,
está
movid
a
por
atr
acc
iones
y
repu
lsion
es,
fuerz
as
que
la
soli
cit
an
en
todos
senti
dos
y,
componié
ndose
entr
e
ella
s,
le
imp
ri
men
su
rumbo
y
le
dan
su
órbi
ta
por
el
espacio.
E
n
los
astr
os
y
los
plan
eta
s
resu
lta
fác
il
observarlo,
porque
esas
fuer
zas
,
apar
ente
ment
e
al
me
nos,
son
simpl
es
y
se
reducen
a
dos:
la
centr
ípet
a
y
la
centrí
fuga.
Y
de
su
equilibr
io
resul
ta
la
arm
onía
de
las
esf
era
s
y
el
sistem
a
del
univer
so.
E
n
la
per
sonal
idad
humana
,
en
este
com
puest
o
de
sensaci
ones,
emoc
iones
,
pasiones
y
pensa
mien
tos,
actúa
n
mile
s
y
mil
lone
s
de
fuerz
as
y
est
as
fuer
zas
varía
n
a
cada
inst
ante
al
inf
lujo
de
los
acci
dente
s
exte
rior
es,
por
los
hechos,
por
la
tem
perat
ura,
por
un
rec
uerdo
,
por
un
temo
r,
por
una
esperanza,
por
las
mile
s
de
visione
s
que
cruzan
y,
apena
s
percept
ibles,
tuer
cen
sin
emba
rgo
nuest
ro
paso
y
pueden
vari
ar
compl
etam
ente
nuestro
rum
bo.
Pero
el
art
e
de
pensar
es
el
art
e
de
simpl
if
icar
y
to
das
esas
fuer
zas
podemos
reduci
rla
s
a
las
mis
mas
que
mueven
el
sist
ema
plan
eta
rio,
atrac
ción,
repuls
ión,
y
para
entr
ar
en
un
orde
n
de
ideas
bien
acc
esibl
e,
las
limi
tare
mos
más
aun
y
dire
mos
que
son
atr
acc
iones
al
bien
y
atr
acc
iones
al
mal,
impu
lsos
buenos,
impulsos
mal
os,
cada
uno
con
su
intens
idad
respec
tiva
.
Desdeñemos
,
pues
los
acce
sori
os
y,
proc
edie
ndo
como
los
mate
máti
cos,
mat
eri
ali
cemos
en
lí
neas
toda
la
complej
idad
de
los
odios
y
los
afe
ctos,
de
los
buenos
y
los
malo
s
senti
mient
os.
Volvié
ndome
haci
a
la
pizar
ra,
tra
cé
dos
rayi
tas
igua
les
,
una
haci
a
arr
iba,
otra
hacia
abajo.
Y
conti
nué:
—
E
ste
cír
culo,
que
es
una
persona,
está
enam
ora
do
y
ha
sufr
ido
una
tr
aic
ión.
Quier
e
matar.
La
líne
a
infer
ior
repr
esenta
el
dolor
de
la
heri
da
mora
l,
el
instinto
de
vengan
za,
la
ira
impla
cable
,
el
temb
lor
de
la
mano
que
re
quier
e
el
arma
,
que
sie
nte
la
necesi
dad
espant
osa
de
dispa
rar
,
de
matar,
de
aniq
uil
ar.
Tie
ne
diez
centí
met
ros.
La
líne
a
super
ior
repr
esent
a
todo
lo
contra
rio,
el
mie
do
al
cast
igo.
la
pie
dad
hacia
la
víct
ima
,
el
atr
act
ivo
del
perdón,
res
tos
de
cari
ño
invenc
ible,
es
decir,
cuan
to
se
38
A
tenca
opone
a
la
res
olución
del
cr
imen.
.
.
Tambi
én
tie
ne
diez
centí
met
ros.
Ahora
bien,
díganme
Uds.,
un
ser
humano
en
est
a
sit
uació
n
¿qué
hará?
E
n
la
sala
se
habr
ía
oido
volar
una
mosca.
—
No
piense
n
tant
o,
hablen
,
digan.
Hagan
cuenta
de
que
no
se
trat
a
de
un
alm
a,
de
un
corazón,
de
una
enti
dad
humana,
sino
de
un
pedazo
de
mat
eri
a
cualqui
era.
¿No
rec
uerd
an
las
leyes
de
la
mec
ánic
a
eleme
ntal
?
‘
Dos
fuer
zas
iguale
s
y
cont
rar
ias
se
destr
uyen»
.
Pues
bien,
aquí
tenem
os
dos
fuer
zas
iguales
y
contra
ria
s,
perfe
cta
mente
igual
es
y
perfect
amente
contr
ari
as.
¿Qué
har
á
el
hombre
somet
ido
a
ell
as?
¿Uds.
no
lo
sabe
n?
Yo
cre
o
que
no
hará
nada.
.
.
Me
pare
ce
de
sent
ido
común.
Si
al
mism
o
tiem
po,
con
la
mis
ma
intensi
dad,
quiere
y
teme
,
la
lucha
enta
blada
entr
e
el
tem
er
y
el
querer
tendrá
por
resu
lta
do
cero.
.
.
¿Por
qué
se
detie
nen
Uds.
ante
la
conclusi
ón?
¿Qué
le
encuentr
an
a
la
fórm
ula?
Voy
a
hacer
la
más
clar
a.
Y
ala
rgué
la
raya
de
arr
iba
cinco
centím
etros.
—
Vean
Uds.
ahora.
E
l
amor
,
la
benigni
dad,
el
te
mor
al
casti
go,
todo
lo
que
dete
nía
el
bra
zo
arm
ado
cre
cen.
Hubo
un
consej
o
oport
uno,
una
impr
esión
favor
a
ble.
sobrevi
nier
on
rec
uerdos
de
anti
gua
educa
ción,
propósitos
gener
osos
de
la
ju
ventud,
leja
nos
impulsos
atávic
os,
todas
esas
corr
ientes
invisibles
que
cruzan
por
nuestr
o
fondo
sub-co
nscien
te
y
la
raya
super
ior
se
alar
gó
cinco
centím
etr
os,
se
hizo
la
mitad
más
fuer
te
que
la
raya
infer
ior.
¿Comp
re
nden
Uds.
el
res
ultado?
¿Se
dan
cuen
ta,
ahora
,
de
lo
que
hará
el
individuo
y
ven
cae
r
el
brazo
vengador
y
despr
en
derse
el
arm
a
de
la
mano
empuñada?
Deja
ndo
a
un
lado
la
ti
za
y
limpi
ándome
de
los
dedos
el
li
gero
polvil
lo
blanco
.
term
iné:
—Pues
bien,
señor
as,
esos
cinco
centí
met
ros
en
que
una
fuerz
a
excede
a
otra
y
la
vence,
eso,
prec
isa
mente
,
es
par
a
mi
la
voluntad.
.
.
—
Ahí
no!
—
dijo
una.
.
.
E
inmedi
ata
mente
se
leva
ntó
un
clam
oreo
de
prote
sta:
—
No,
no.
eso
no.
.
.
—
E
so
es
dem
asia
do
mat
eri
al:
en
las
cosa
s
suced
erá
así,
pero
nó
en
las
perso
nas.
¿Dónde
queda
el
li
bre
albed
río?
Una
dama
algo
más
ent
rada
en
años
que
las
otras
,
teos
ofi
sta
de
profes
ión,
hija
de
un
prohombre
y
vari
as
vece
s
mil
lona
ri
a,
excla
mó
desdeñosament
e:
—
¡E
s
o
no
es
fil
osofí
a!
—
¿Y
por
qué
cre
e
Ud.
que
no
es
fi
losofí
a?
—
Porque.
.
.
es
dem
asia
do
claro.
La
disti
nguida
señora
o.
para
ser
más
exacto,
la
res
pet
abl
e
señor
ita
,
tenía
cos
tumbre
de
leer
con
el
nombr
e
de
libros
fil
osófi
cos
volúm
enes
que
no
ente
ndía
y
se
había
forma
do
el
concepto
de
que
la
sabi
durí
a
era
algo
fuera
de
su
alc
anc
e;
en
lo
cual,
por
lo
demá
s,
bien
podía
no
estar
equivoca
da.
Continué,
sin
embar
go,
deseoso
de
prec
isi
ón:
—
Uds.
pueden
apli
car
esta
defi
nici
ón
en
la
prá
ctic
a
y
estoy
segur
o
de
que
si
poco
el
análisi
s
comprobar
án
a
cada
paso
su
exact
itud,
aun
cuando
los
afinan
un
fenóm
enos
de
la
volunt
ad
son
los
más
compl
ejos
y
sutile
s
del
sistem
a
psíquico.
Y
goce
espec
ial
—
cuán
err
a
ver
án,
al
mis
mo
tie
mpo
—
lo
que
no
deja
de
constitu
ir
un
Lo
Voluntad
39
dos
son
los
conceptos
corr
ient
es
en
esta
mate
ria
.
Se
cree,
por
ejem
plo,
que
una
persona
equil
ibra
da
es
una
pers
ona
de
volunt
ad
fir
me
y
constante
,
una
pers
ona
que
nunca
vaci
la
antes
de
tom
ar
una
determ
inación.
Todo
lo
contra
rio:
el
que
duda,
el
que
tit
ubea,
el
que
jamá
s
se
resue
lve
defi
nitiv
ame
nte,
sino
que
torna
y
retor
na
a
pen
sar
cie
n
vece
s,
el
que
va
hoy
en
tal
sentid
o,
maña
na
en
tal
otro
y
pasado
mañana
en
uno
divers
o,
ése
es
quien
tien
e
sus
fuer
zas
inte
rior
es,
sus
atra
ccione
s
y
repul
sio
nes
en
esta
do
de
equi
lib
ri
o
inestabl
e.
Cualqui
er
impr
esió
n
lo
rompe
y
hace
vari
ar
la
dire
cci
ón.
E
n
cambi
o,
los
enér
gicos
,
los
tena
ces,
los
per
seve
ran
tes
,
los
que
todo
lo
vencen
con
inque
bran
tabl
e
decisi
ón,
deben
contar
se
en
el
número
de
los
desequ
i
libra
dos,
contr
a
cuya
potenci
a
de
volunta
d
nada
pueden
los
motivos
exter
iore
s.
La
raya
domin
ante
supera
cien
veces
a
la
raya
menor
y
se
nece
sita
ría
una
espe
cie
de
aniqui
lam
ient
o
de
su
persona
lidad
para
cam
biar
les
la
dire
cti
va.
E
n
el
hecho
¿no
tiene
n
paren
tesc
o
cerc
ano
los
inventores
,
los
empr
esar
ios
genial
es,
los
manej
adore
s
de
hombre
s
y
de
pueblos
,
ti
rani
zados
por
una
vocaci
ón,
y
los
locos
poseí
dos
de
una
idea
fija?
E
l
mecani
smo
es
igual:
sólo
existe
dife
renc
ia
en
que
mientr
as
unos
están
de
acuer
do
con
el
ambi
ente
los
otros
están
en
desac
uerdo,
mientr
as
los
pri
mer
os
trabaj
an
sobre
rea
lidade
s,
los
segundos
traba
jan
o
cree
n
tra
bajar
sobre
ref
lej
os
ilusor
ios.
Unos
acier
tan,
otros
se
equivocan.
Otro
eje
mplo.
Las
palabra
s,
si
se
exa
min
an
con
atenc
ión
y
no
se
re
pite
n
maquinal
mente,
enci
err
an
a
menudo
el
secr
eto
de
los
procesos
intelec
tuales
y
sent
im
enta
les
.
Uds.
habr
án
oído
a
menudo
apli
car
los
calif
icativ
os
de
porfia
do
y
enér
gico.
Se
dice
:
—
Fulano
es
un
porfi
ado
insopor
table
,
—
en
son
de
amar
ga
crí
tic
a.
Y:
—
Fulano
es
un
hombre
de
gran
voluntad—
como
la
mayor
de
las
alaba
nzas.
—
¿Cuál
es
la
difer
encia
verdade
ra
entr
e
esos
dos
tér
minos?
E
n
el
fondo,
ninguno
.
Son
los
resul
tados
o.
mejo
r,
su
choque,
con
nuestr
o
modo
de
apreci
ar
el
mundo
lo
que
los
apart
a.
Lla
mamos
porfi
ado
al
que
tiene
voluntad
enérg
ica
en
cont
ra
de
nuestr
a
opini
ón
y
enér
gico
al
porfia
do
que
está
de
acue
rdo
con
lo
que
nosotr
os
pensa
mos:
creem
os
que
unos
yer
ra
n
y
otros
se
equivo
can.
Y
no
hay
más.
Igual
ment
e
concebimos
como
indi
viduos
débil
es
de
volunt
ad
a
los
viciosos
y
cri
minal
es
y
como
hombre
s
de
volunt
ad
fuer
te
a
los
virtuosos
y
he
roic
os.
E
rr
or.
Para
comet
er
un
delit
o
puede
neces
itar
se
la
mism
a
suma
de
voluntad
que
para
dejar
de
comete
rlo
o
para
rea
liz
ar
una
acció
n
herm
osa.
Pero
nosot
ros
,
por
falt
a
de
anál
isi
s,
tende
mos
a
conf
undir
las
palabr
as
y
como
es
más
fác
il
ir
por
el
mal
cam
ino
que
por
el
bueno,
hemos
ident
ific
ado
la
debili
dad
voluntar
ia
con
la
mal
dad
y
la
ener
gía
con
el
bien.
E
s
un
rec
onocimie
nto
impl
íci
to
de
la
corr
upción
de
la
natural
eza
humana.
Ant
e
las
mir
adas
vacías
o
absorta
s
del
audit
orio,
guardé
sile
ncio
un
instante
.
Todo
el
que
habla
en
públi
co
sie
nte
lo
que
el
público
piens
a;
oye
pregunta
s
inaudi
bles
y
necesi
ta
cont
est
arl
as.
Aquell
as
señor
as
silenc
iosas
me
int
err
ogaba
n
muda
ment
e
sobre
la
uti
li
dad
de
esas
defini
ciones
que
tras
torna
ban
sus
ideas
corri
entes.
Termi
né:
—
Ignoro
si
todo
esto
ser
virá
para
algo;
yo
lo
digo,
porque
me
causa
place
r
pensar
o
creer
que
pienso
con
exactitu
d,
tocando
hechos,
moviendo
resor
tes
efec
ti
vos
y
se
me
figur
a
que
tal
vez,
alguie
n,
en
alguna
cir
cunst
anci
a,
podrá
saca
r
Atenea
40
ded
uccio
nes
práctic
as
y
acaso
no
del
todo
inútile
s
de
este
sistema.
E
n
todo
caso
constituy
e
una
exce
lente
higiene
del
cer
ebro
y
se
la
reco
miendo.
E
mpl
eamos
demasiadas
veces
las
palabras
como
cajas
cerradas
cuyo
contenido
se
ignor
a.
E
s
preciso
sentir
de
cuando
en
cuando
la
curi
osidad
de
abrirlas
para
observar
«lo
que
tienen
adent
ro»
,
como
hace
n
los
niños
con
los
juguetes
...
Y
no
otra
cosa
he
queri
do
hacer
esta
vez,
delante
de
Uds.
ALON
E
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